Lloré en los brazos de mi marido en el aeropuerto cuando él embarcó en lo que él decía que era un trabajo de dos años en Zúrich

A la mañana siguiente recibí una llamada de mi abogada.

—Hemos encontrado algo más.

—¿Qué?

—Tu marido ha programado una transferencia desde la cuenta conjunta. Parece que pretendía retirar una cantidad importante durante las próximas horas.

Sentí que se me helaban las manos.

—¿Podemos impedirlo?

—Estamos solicitando las medidas necesarias y notificando formalmente al banco la posible actividad fraudulenta. No podemos garantizar el resultado inmediato, pero estamos actuando.

Pasaron dos días.

Lucas no me llamó.

Ni un solo mensaje.

Probablemente pensaba que yo seguía en casa, llorando frente a sus fotografías.

El tercer día, a las 8:17 de la mañana, mi teléfono empezó a sonar.

Lucas.

Contesté.

—¡Por fin! —dijo con un tono irritado—. Llevo horas intentando comunicarme contigo.

Su voz era exactamente la misma de siempre.

Tranquila.

Segura.

Como si nada hubiera ocurrido.

—Hola, cariño —respondí.

Hubo una pausa.

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