Pero Mauricio sonrió.
El pequeño aceptó.
Poco después comenzó a tiritar con más fuerza.
Mauricio se quitó la chamarra.
—Póntela.
—Pero usted tiene frío.
—Yo soy grande. Tú no.
El niño se la puso.
Mauricio pasó las siguientes horas sentado junto a él.
Hablaron poco.
El pequeño todavía estaba demasiado asustado.
En algún momento se quedó dormido apoyado contra la pared, cubierto con la chamarra.
Mauricio permaneció despierto.
Cada tanto comprobaba que respirara bien.
Observaba la herida de su rodilla.
Vigilaba el pasillo.
Y mientras lo hacía pensaba en Camila.
Pensaba en qué habría deseado él si su hija se hubiera perdido alguna vez.
La respuesta era sencilla.
Habría querido que alguien se quedara con ella.
Nada más.
Que no estuviera sola.
Cerca del amanecer aparecieron varias personas buscando al niño.
Cuando escucharon su descripción, todo ocurrió muy rápido.