Una millonaria vio un rubí en el cuello de un indigente y gritó algo que paralizó toda la calle

Mauricio se detuvo.

—¿Hola?

No hubo respuesta.

Se acercó a una banca vieja y descubrió a un niño encogido detrás de ella.

Tendría unos ocho años.

Llevaba una sudadera demasiado ligera para la hora de la noche y tenía una pequeña herida en una rodilla.

El niño temblaba.

—No te voy a hacer daño —dijo Mauricio, manteniendo distancia—. ¿Cómo te llamas?

El pequeño abrió la boca, pero no respondió.

Parecía completamente desorientado.

Mauricio se sentó en el suelo a varios pasos de él.

No intentó tocarlo.

Esperó.

Había aprendido durante sus años de trabajo que una persona asustada muchas veces necesitaba primero sentir que alguien estaba dispuesto a quedarse.

Pasaron varios minutos.

Finalmente, el niño susurró:

—No sé dónde está mi mamá.

Mauricio sintió un dolor extraño en el pecho.

—Está bien. Vamos a encontrarla.

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