Una millonaria vio un rubí en el cuello de un indigente y gritó algo que paralizó toda la calle

Se quedaba mirando las fotos de Laura y Camila durante horas.

Dejó de contestar mensajes.

Dejó de visitar amigos.

Un día no pudo terminar un turno.

Después faltó al siguiente.

Y al siguiente.

Su vida comenzó a deshacerse de una manera silenciosa.

No ocurrió de golpe.

Primero perdió el trabajo.

Después vendió algunas cosas.

Luego dejó el departamento donde había vivido con su familia porque ya no podía pagarlo.

Pasó una temporada con un antiguo compañero.

Otra con un primo.

Pero Mauricio se aislaba cada vez más.

No quería preocupar a nadie.

Tampoco sabía cómo explicar que levantarse de la cama podía sentirse como cargar un costal de piedras.

Al final terminó viviendo en la calle.

La gente veía la barba descuidada, la camisa vieja y los zapatos gastados.

Nadie veía al hombre que años antes había sostenido la mano de personas heridas para que no tuvieran miedo.

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