Fue miedo.
Porque recordaba perfectamente las pocas ocasiones en que Khalid y yo habíamos mantenido relaciones íntimas.
Habían sido momentos aislados, después de los cuales él había regresado a su habitación.
Nunca imaginé que uno de ellos terminaría cambiando nuestras vidas.
—¿Es posible? —pregunté.
Nadia asintió.
—Por supuesto. Que un hombre tenga problemas de fertilidad no significa necesariamente que sea completamente estéril.
Me explicó que los antiguos informes médicos de Khalid podían referirse a una fertilidad reducida, no a una imposibilidad absoluta de tener hijos.
Le pedí que mantuviera la noticia en secreto.
Necesitaba tiempo.
Pero había otra razón.
Antes de la boda, mi padre me había contado algo extraño: Khalid había tenido un problema de salud muchos años atrás y, según él, los médicos le habían dicho que probablemente nunca volvería a ser padre.