Mi padre estaba muerto.
A mi madre no quería escucharla.
Camila había dejado de existir para mí.
Y Daniel estaba bloqueado.
Me mudé al pequeño apartamento que había comprado tres años antes para utilizarlo como estudio auxiliar.
Tenía dos habitaciones.
Una mesa demasiado grande.
Una cocina que apenas había usado.
Y cajas.
Muchas cajas.
La primera noche dormí entre planos enrollados y muestras de madera.
A las tres de la mañana desperté de un sueño en el que volvía a abrir la puerta de mi antigua casa.
Daniel estaba allí.
Camila también.
Solo que esta vez mi padre estaba sentado en el sofá observándolo todo.
Me desperté sudando.
Encendí la luz.
Durante mucho tiempo me quedé sentada contra la cabecera.
No lloraba por Daniel.
Eso me confundía.
Había amado a aquel hombre desde los diecisiete años.