No fue que Richard abandonara a mi madre.
Mi victoria fue mucho menos espectacular.
Dormir una noche completa sin pesadillas.
Contratar a una nueva empleada sin sospechar de todo el mundo.
Reír sin sentir culpa porque mi padre ya no podía hacerlo.
Escuchar a mi madre pedir perdón sin necesitar castigarla.
Ver el nombre de Daniel en el teléfono y no sentir nada urgente.
Recordar a Camila y pensar en una persona que una vez conocí, no en una herida abierta.
Eso fue ganar.
Mi padre pasó sus últimos años creyendo que amar significaba soportar.
Mi madre creyó que amar significaba perseguir cualquier emoción que pareciera más intensa que la anterior.
Daniel creyó que ser amado significaba tener permiso para equivocarse sin consecuencias.
Camila creyó que amar a alguien le daba derecho a tomar algo que pertenecía a otra relación.
Yo también estaba equivocada.