Miré su nombre.
—Ahora creo que no.
El amor no fue tu error.
El error fue creer que perder a otra persona era peor que perderte a ti mismo.
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
—Yo no hice lo mismo.
Sonreí.
—Sé que eso era lo que querías.
Cuando regresé al coche encontré un mensaje.
Daniel.
No hablábamos desde hacía casi dos años.
“Lucas me dijo que abrieron la segunda oficina. Felicidades.”
Respondí:
“Gracias.”
Un minuto después:
“Me alegra saber que estás bien.”
Pensé.
Escribí:
“Espero que tú también.”
Respondió:
“Estoy mejor.”
Nada más.
No hubo confesión.
No hubo regreso.
No hubo última petición.
Y me gustó.
Algunas historias no necesitan que dos personas vuelvan para demostrar que lo que sintieron fue real.
A veces la forma más limpia de respetar lo que hubo es dejarlo terminar.