Seguí leyendo.
Más adelante:
“Si Valeria algún día tiene que elegir entre conservar a alguien y conservarse a sí misma, espero que no aprenda de mí.”
Lloré hasta quedarme sin fuerzas.
Aquella noche llamé a Lucas.
—Encontré los cuadernos de papá.
—¿Quieres que vaya?
—Sí.
Mi hermano llegó con comida.
Nos sentamos en el suelo.
Leímos algunas páginas.
Nos reímos de sus listas absurdas.
Lloramos.
Y por primera vez el recuerdo de mi padre dejó de estar reducido a cómo murió.
Volvió a ser el hombre que cocinaba demasiado los huevos.
El que veía documentales dormido.
El que siempre llevaba herramientas en el coche.
El que me enseñó a conducir.
Necesitaba eso.
No quería que su peor día devorara toda su vida.
North Line creció.
El hotel boutique nos recomendó a otro cliente.
Después llegó una cadena de restaurantes.