Recorrí la casa con mi padre. El folder azul no estaba; se lo habían llevado ellos por la mañana y la policía lo buscaría en el coche. La caja de galletas seguía vacía en la despensa. En el gancho, la llave grande colgaba torcida, como si alguien hubiera intentado llevársela y la hubiera devuelto al oír motores. La enderecé. No me sentí dueña todavía. Me sentí inquilina de mi propio susto.
Marina se quedó en la acera. Rosa le tomó la mano. Yo salí a buscarlas.
—Pueden dormir aquí. Hay cuarto de la abuela. Sábanas limpias.
Marina negó.
—Si cruzo esa puerta hoy, mañana dirán que vine a plantar pruebas. Y el seguro sigue abierto. Eden lo dijo: que yo devuelva lo que ella cobró. Hasta que un juez escuche que no morí, esa deuda inventada puede alcanzar a Rosa. Una noche más, Juana. Mañana entro, si todavía quieres, cuando el papel deje de llamarme muerta.