—Primero el banco —dijo mi padre—. Luego la casa, con orden y con luz de día. Nadie entra a esa caja a escondidas.
Yo asentí, aunque la impaciencia me quemaba. En el teléfono, la empleada volvió a hablar, más baja.
—La señora se niega a identificarse del todo. Ha dejado un documento sobre el mostrador y camina hacia la puerta lateral. Si sus agentes no están en la calle, la pierden. Y ha dicho en voz alta, para que yo lo oyera, que la verdadera firma la conseguirá esta noche en la casa de la abuela, con o sin la nieta.
La llamada quedó abierta, con el ruido de una sucursal y de una puerta que chirriaba. Patricia echó a correr hacia el coche. Mi padre también. Yo fui detrás, más lenta, con Marina sosteniéndome del codo. La frase de Eden, si era Eden, se me quedó pegada al oído: la casa de la abuela, esta noche, con o sin mí. La llave del gancho dejó de ser un recuerdo dulce. Era el sitio al que ellos pensaban volver cuando el banco les dijera que no.