Me pasó el aparato. Al otro lado, una empleada dijo su nombre y el de la sucursal. Yo respiré contra el dolor de las costillas y hablé claro.
—Soy Juana. No autorizo ningún retiro ni ninguna transferencia. La persona que está ahí no soy yo y no va en mi nombre.
—Queda retenido —respondió la empleada—. La clienta de la ventanilla está discutiendo. Dice que la hija está enferma y que el padre juez la manipula. No se va. Ha pedido hablar con el gerente.
Patricia ya tenía al agente en la otra línea. Marina miró hacia la avenida, como si pudiera ver a Eden a través de los edificios.
—Si la retienen, hablará de mí —dijo—. Dirá que soy un fraude, que el seguro se pagó bien, que la muerta soy yo y la viva es una actriz. Necesitamos la carta. Las páginas de doña Nélida y la última, la de la caja fuerte.