Chapter 2: EL HOMBRE QUE REGRESÓ PARA PROTEGERME

—Tú no puedes estar aquí.

—El certificado se equivocó de cadáver —dijo Marina—. O mintió. Rosa está viva, yo estoy viva, y Juana también. Qué mala semana para tus papeles.

Randy dio un paso. El agente se lo impidió con una mano en el pecho, sin violencia inútil. Le indicó la salida. Randy dejó las flores en una silla, como un hombre educado, y antes de entrar al ascensor me miró.

—La casa sigue siendo el problema, Juana. No yo. Si no firmas, el proyecto se cae y el barrio te odiará. Piénsalo cuando se te pase el teatro.

Las puertas se cerraron. Nadie aplaudió. El alivio no era limpio. Era una pausa.

Horacio Beltrán nos esperaba en una sala de la planta baja, lejos de la recepción. Había llamado a su oficina para congelar cualquier cita de firma de ese día. Sobre la mesa puso tres juegos de documentos que Randy y Eden habían hecho circular: uno donde yo “autorizaba” conversaciones, otro donde una sociedad aparecía como compradora intermedia, y la oferta de los casi cuatro millones con la nota al margen. Patricia no me pidió que explicara cómo se falsea una rúbrica. Me pidió que dijera, delante de él, qué había firmado yo de mi puño y qué no.

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