No pidió llevar a los niños al parque.
No llamó para preguntar por sus primeras palabras.
No estuvo cuando comenzaron a caminar.
Ni cuando aprendieron a escribir sus nombres.
La última fotografía que conservaba con ellos era de una pequeña ceremonia familiar realizada cuando todavía eran bebés.
Después de aquel día, simplemente desapareció de sus vidas.
Yo seguí adelante.
No porque fuera fácil.
Sino porque Daniel y Mateo necesitaban desayunar al día siguiente.
Y al otro.
Y al siguiente.
Regresé a trabajar en cuanto pude.
Mi madre me ayudó durante los primeros años.
Una vecina cuidaba a los niños algunas tardes.
Y yo aprendí a organizar cada peso.
Había meses en los que el dinero apenas alcanzaba para la renta, la comida y los servicios.
Vendí mi anillo de matrimonio para comprar una lavadora cuando la vieja dejó de funcionar.