Los muchachos aparecieron con sus medallas.
Mateo llegó corriendo.
—¡Mamá!
Me abrazó tan fuerte que casi perdí el equilibrio.
Daniel se unió al abrazo.
Durante varios segundos permanecimos así.
Los tres.
Riéndonos.
Llorando.
Intentando hablar al mismo tiempo.
—¡Lo logramos! —dijo Mateo.
—Lo lograron ustedes —respondí.
Daniel negó con la cabeza.
—Tú también, mamá.
Sentí que las lágrimas volvían a mis ojos.
—Yo no resolví ni una ecuación.
Mateo se rio.
—Pero nos llevaste a todos los concursos.
Daniel añadió:
—Y nos ayudaste a estudiar cuando estábamos cansados.
—Y preparaste sándwiches —dijo Mateo.
—Eso fue lo más importante —bromeó Daniel.
Los tres soltamos una carcajada.
Entonces escuché una voz detrás de nosotros.
—Elena.
Me volví.
Alejandro estaba a unos pasos.
Patricia permanecía más atrás, junto a su hijo.
Mi exesposo tenía una expresión que no le había visto nunca.