—¿Cómo te atreves a venir aquí hoy?
Patricia cruzó los brazos.
—Alejandro, no vale la pena discutir.
Él continuó:
—Estamos aquí por nuestro hijo. No voy a permitir que arruines este día con tus problemas.
Sentí que la sangre me subía al rostro.
Durante trece años había vivido sin él.
Había trabajado.
Había criado a mis hijos.
Había construido una vida.
Y aquel hombre realmente creía que yo había viajado hasta Saltillo para molestarlo.
—Estoy aquí por mis hijos —respondí.
Alejandro soltó una risa.
—Claro.
No miró detrás de mí.
Ni una sola vez.
Daniel y Mateo estaban a menos de dos metros.
Los dos llevaban sus gafetes de participantes.
Los dos tenían trece años.
Y uno de ellos tenía los mismos ojos oscuros, la misma mandíbula y las mismas cejas que Alejandro.
Pero mi exesposo no los reconoció.