—Nuestro bebé merece llevar tu apellido —susurró ella—. No quiero seguir escondiéndome.
Me apoyé contra la pared.
¿Bebé?
Vi cómo Mauricio colocaba la mano sobre el vientre de Camila.
Había una pequeña curva debajo de su blusa.
—Catorce semanas —dijo él con ternura.
Reconocí inmediatamente aquel tono.
Era la voz que utilizaba conmigo cuando estaba hospitalizada.
La misma voz con la que me prometió amor eterno.
Camila volvió a preguntar:
—¿Cuándo vas a dejarla definitivamente?
—En cuanto tenga asegurado el puesto de director general. Sebastián anunciará mi nombramiento el sábado. El consejo lo aprobará y el lunes iniciaré el divorcio.
—¿Y si Valeria se opone?
Mauricio se rio.
—¿Con qué va a defenderse? La casa está a mi nombre, las cuentas importantes también. Ella gana un sueldo normal y ni siquiera se atreve a mostrar su espalda. Sin mí no tiene nada.