Quería recordarla siempre.
Después vinieron trece operaciones.
Trece veces entré a un quirófano para reconstruir las zonas dañadas. Los médicos utilizaron injertos de piel de mis piernas y realizaron procedimientos que me dejaron agotada física y emocionalmente.
Durante las primeras cuatro cirugías, Mauricio estuvo presente.
Para la octava comenzó a decir que tenía demasiado trabajo.
En la undécima ya apagaba la luz de nuestra habitación antes de que yo me cambiara de ropa.
La primera vez que me llamó repugnante ocurrió cuando nos preparábamos para una cena con clientes.
El cierre de mi vestido se había atorado y le pedí ayuda.
Se colocó detrás de mí.
Guardó silencio durante varios segundos.
Después dijo:
—Ponte el chal, Valeria. No soporto ver eso.
Me quedé inmóvil.
Aquella noche me cubrí la espalda.
Y continué haciéndolo durante años.