Solamente quería caminar a su lado porque ambos habíamos elegido hacerlo.
Y mientras los aplausos llenaban el salón, entendí por fin la diferencia entre ser amada y ser controlada.
El amor verdadero no exige que una persona oculte sus heridas para resultar aceptable.
No convierte el dolor en vergüenza.
No utiliza las inseguridades como armas.
El amor verdadero permite que alguien sea visto tal como es.
Aquella noche regresé a casa, me quité el vestido azul y me miré una vez más en el espejo.
Observé las marcas de mis hombros, los injertos de mi espalda y las líneas que el fuego había dejado sobre mi piel.
No sentí vergüenza.
No aparté la mirada.
Sonreí.
Porque finalmente entendí que aquellas cicatrices no eran la prueba de que estaba destruida.
Eran la prueba de todo lo que había sobrevivido.
Y por primera vez desde el incendio, al mirar mi reflejo, no vi a una mujer que necesitaba esconderse.