MI ESPOSO ME LLAMÓ REPUGNANTE POR LAS CICATRICES QUE ME DEJÓ EL INCENDIO DEL QUE LO SALVÉ, Y SU AMANTE ORGANIZÓ UNA GALA DONDE TODAS DEBÍAMOS LLEVAR LA ESPALDA DESCUBIERTA, SIN IMAGINAR QUE EL DUEÑO MILLONARIO DE LA EMPRESA LLEGARÍA TOMADO DE MI BRAZO.

—En lo mucho que puede cambiar una vida cuando alguien deja de esconderse.

Sebastián siguió mi mirada.

—Has construido algo extraordinario, Valeria.

Negué con una sonrisa.

—Todavía estamos empezando.

Con el tiempo, la Fundación Renacer amplió sus programas a otros hospitales. Financiamos tratamientos, conseguimos especialistas y organizamos encuentros donde pacientes y familias podían compartir experiencias sin sentirse juzgados.

Ofelia siguió colaborando con nosotros.

Doña Elena se convirtió en una presencia querida por todos.

Y Sebastián permaneció a mi lado, no como dueño de mi futuro, sino como compañero de una vida que yo misma había elegido construir.

Dos años después de aquella gala, organizamos una nueva celebración para reconocer a los pacientes que habían concluido sus procesos de rehabilitación.

Esa noche llevé nuevamente el vestido azul zafiro.

El mismo que había utilizado cuando entré al Gran Salón Imperial tomada del brazo de Sebastián.

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