Sino porque nunca intentó decidir quién debía ser yo.
Me escuchaba cuando hablaba de la fundación, respetaba mis decisiones y jamás utilizaba su posición para hacerme sentir pequeña.
Habíamos comenzado a compartir cenas y paseos sin prisa, después de que mi divorcio quedó resuelto.
No me prometía una vida perfecta.
Tampoco intentaba salvarme.
Y eso era precisamente lo que más apreciaba.
Una tarde, semanas antes, me había preguntado si quería acompañarlo a conocer un pequeño pueblo costero durante el fin de semana.
Le respondí que sí.
No porque necesitara que alguien llenara el vacío dejado por Mauricio, sino porque finalmente me sentía libre de elegir a quién quería a mi lado.
Ahora, mientras observábamos a los niños jugar, Sebastián me tomó suavemente la mano.
—¿En qué piensas? —preguntó.
Miré hacia Mariana, que corría por el jardín con los brazos descubiertos.