MI ESPOSO ME LLAMÓ REPUGNANTE POR LAS CICATRICES QUE ME DEJÓ EL INCENDIO DEL QUE LO SALVÉ, Y SU AMANTE ORGANIZÓ UNA GALA DONDE TODAS DEBÍAMOS LLEVAR LA ESPALDA DESCUBIERTA, SIN IMAGINAR QUE EL DUEÑO MILLONARIO DE LA EMPRESA LLEGARÍA TOMADO DE MI BRAZO.

Mariana observó su propio brazo.

—A mí también me da pena.

Sentí una punzada en el corazón.

—¿Sabes algo? —le dije—. Yo pensaba que mis cicatrices solamente recordaban el incendio. Pero después entendí que también cuentan otra historia.

—¿Cuál?

—Que tuve miedo y aun así fui capaz de ayudar a alguien. Que estuve muy lastimada y encontré fuerzas para recuperarme. Que mi cuerpo hizo todo lo posible por mantenerme viva.

La niña levantó lentamente el brazo.

—¿Y las mías?

Le sonreí.

—Las tuyas cuentan que también fuiste muy valiente. Y que mereces sentirte orgullosa de seguir aquí.

Mariana permaneció pensativa.

Después colocó su brazo junto a mi hombro, comparando nuestras marcas.

—Las mías son más claritas —comentó.

—Sí. Cada cicatriz es diferente.

—¿Y no tenemos que taparlas?

—Solamente si nosotras queremos. Nadie tiene derecho a obligarnos a sentir vergüenza.

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