MI ESPOSO ME LLAMÓ REPUGNANTE POR LAS CICATRICES QUE ME DEJÓ EL INCENDIO DEL QUE LO SALVÉ, Y SU AMANTE ORGANIZÓ UNA GALA DONDE TODAS DEBÍAMOS LLEVAR LA ESPALDA DESCUBIERTA, SIN IMAGINAR QUE EL DUEÑO MILLONARIO DE LA EMPRESA LLEGARÍA TOMADO DE MI BRAZO.

Yo llevaba un vestido blanco de algodón.

Tenía la espalda descubierta.

Ya no pensaba constantemente en las miradas de los demás.

Algunas personas observaban mis cicatrices.

La mayoría no les prestaba atención.

Y había aprendido que ninguna de esas reacciones determinaba mi valor.

Mientras acomodaba unos vasos de agua, sentí que alguien tiraba suavemente de mi vestido.

Me volví.

Era una niña de aproximadamente siete años.

Tenía dos dientes delanteros separados y una cicatriz que recorría su brazo derecho desde el hombro hasta la muñeca.

Su nombre era Mariana.

La había conocido semanas antes, durante una visita al centro.

Miró mi espalda durante varios segundos.

Después preguntó:

—¿No te molesta que la gente te vea?

Me arrodillé para quedar a su altura.

—Antes me molestaba mucho.

—¿Por qué?

Respiré profundamente.

—Porque alguien me hizo creer que mis cicatrices eran algo feo y que debía esconderlas.

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