Camila le hablaba al oído.
Él casi no respondía.
A mitad de la cena fui al baño.
Cuando salí, escuché unos tacones detrás de mí.
Era Camila.
Ya no sonreía.
—¿Crees que eres muy lista? —me preguntó con desprecio—. Mauricio me ha contado que ni siquiera soporta tocarte. Dice que le da asco mirarte.
Me volví lentamente.
—Él también me dijo algo una vez.
Camila levantó las cejas.
—¿Qué?
—Cuando estaba en el hospital, después de salvarle la vida, me prometió que dedicaría el resto de la suya a hacerme feliz.
Por un instante su expresión cambió.
No supe si era sorpresa o incomodidad.
Después volvió a endurecer el rostro.
—Eso fue hace mucho tiempo.
—Sí —respondí—. Y esta noche vas a descubrir cuánto puede cambiar una persona cuando deja de creer en las mentiras de otra.
La dejé en el pasillo.