Y finalmente observaron mi espalda.
Los murmullos comenzaron a extenderse.
—¿Es Valeria?
—¿La esposa de Mauricio?
—No sabía que tenía esas cicatrices.
Sentí el corazón golpeándome con fuerza.
Cada instinto que había desarrollado durante años me pedía encoger los hombros, girarme o buscar una prenda con la cual cubrirme.
Pero seguí caminando.
Con la cabeza levantada.
Sin apresurarme.
Mauricio me vio cuando estábamos a mitad de la alfombra.
Se encontraba riendo con un miembro del consejo.
La sonrisa desapareció de su rostro.
Su expresión cambió de sorpresa a incredulidad y después a una palidez casi cómica.
La copa que sostenía se inclinó y unas gotas de champaña cayeron sobre su zapato.
Ni siquiera lo notó.
Camila fue la primera en reaccionar.
Se acercó con una sonrisa falsa y levantó la voz para que los fotógrafos escucharan.