Me recogí el cabello en un peinado elegante y utilicé unos aretes pequeños de plata.
Cuando terminé, me observé en el espejo.
Por primera vez en cinco años no busqué algo con qué cubrirme.
Sobre la cama estaba el viejo chal gris que Mauricio me había regalado.
Lo miré durante varios segundos.
Después lo dejé allí.
A las seis cuarenta llegó un automóvil negro.
Sebastián bajó vestido con un traje de gala azul oscuro.
Cuando me vio, se detuvo brevemente.
Su mirada fue respetuosa.
No mostró sorpresa ni incomodidad.
—Te ves muy elegante, Valeria.
—Gracias.
Me ofreció el brazo.
—¿Lista?
Respiré profundamente.
—No del todo.
Él sonrió.
—Podemos caminar despacio.
—No —respondí—. Vamos.
Veinte minutos después llegamos al Gran Salón Imperial.
La entrada estaba iluminada por reflectores y decorada con arreglos de flores blancas. Había fotógrafos, directivos y representantes de importantes empresas de transporte.