Pero aquella tarde me obligué a mirar.
Los injertos formaban zonas irregulares desde mis hombros hasta la parte baja de la espalda. Algunas eran más claras que mi piel y otras tenían bordes rosados. Había relieves y pequeñas líneas que parecían dibujar caminos.
No eran las marcas que yo habría elegido tener.
Pero tampoco eran algo monstruoso.
Eran parte de mí.
Eran la prueba de que una noche, cuando alguien que amaba estaba a punto de morir, yo había decidido no abandonarlo.
Ofelia se colocó a mi lado.
—Hay personas que llevan vestidos hermosos y no tienen nada que contar —murmuró—. Tú llevas una historia de valentía en la piel.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
Esta vez no intenté detenerlas.
Compré el vestido.
El sábado por la tarde me preparé en el cuarto de huéspedes.