Miré hacia los ventanales.
Los barcos continuaban entrando y saliendo del puerto.
El mundo parecía seguir funcionando mientras mi vida se transformaba.
—¿Por qué me está ayudando? —pregunté.
Sebastián tardó un momento en responder.
—Porque descubrí irregularidades graves dentro de una empresa de la que soy responsable. Y porque tú tienes derecho a conocer la verdad antes de que alguien tome otra decisión en tu nombre.
Después añadió:
—Quiero que asistas a la gala.
Lo miré sorprendida.
—¿Con la espalda descubierta?
—Con el vestido que tú elijas.
Se inclinó ligeramente hacia adelante.
—Y quiero que entres conmigo, como accionista de esta compañía. No como la esposa de Mauricio.
Pensé en la invitación.
Sin chales.
Sin capas.
Sin excepciones.
Y por primera vez en muchos años, sonreí.
Mauricio estaba tan acostumbrado a verme bajar la cabeza que jamás imaginó que la mujer a quien despreciaba era propietaria de una parte importante de la empresa que tanto deseaba dirigir.