La mayoría de los empleados apenas lo conocía.
Mauricio se refería a él como «el dueño del dinero» cuando no estaba presente y lo trataba con una cortesía exagerada cuando lo tenía enfrente.
El mensaje decía:
«Valeria, necesito verte hoy mismo. Sala de juntas del piso cincuenta, Torre del Puerto. Es importante».
Lo leí dos veces.
Ocho meses atrás, Sebastián me había solicitado revisar de manera confidencial algunos registros de accionistas. Realicé el trabajo y entregué el informe sin recibir mayores explicaciones.
Desde entonces apenas habíamos hablado.
Me acomodé el cabello, doblé el chal sobre mi brazo y salí del baño.
La Torre del Puerto estaba a pocas calles de nuestra oficina.
Caminé bajo el calor de agosto hasta llegar al edificio de cristal que dominaba la zona financiera.
Un guardia de seguridad ya tenía instrucciones de permitirme el acceso.