Evelyn enderezó la espalda.
Su expresión de preocupación fue sustituida por una mezcla de orgullo herido e indignación.
—No me hables así, David.
—¡Necesito dinero para mis gastos!
—Entonces tendrás que organizarte mejor —respondió ella—. Tú mismo dijiste que querías que yo administrara tu salario.
La ironía de aquella conversación habría sido casi cómica si no hubiera resultado tan dolorosa.
Horas antes, mi marido me había ordenado que aprendiera a arreglármelas con mi propio dinero.
Ahora descubría que la persona a la que había entregado el suyo no estaba dispuesta a rendirle cuentas del modo que él esperaba.
No dije nada.
No quería burlarme de David.
Tampoco tenía intención de aprovechar su desconcierto para humillarlo.
Lo que estaba ocurriendo era simplemente la consecuencia de una decisión que él había tomado sin consultarme.