Yo seguía despierto.
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La sostuve durante horas, escuchando su respiración mientras pensaba en la decisión que ya había tomado.
Había llegado a convencerme de que separarla de mí era la única manera de alejarla de mi mundo.
Pero incluso entonces sabía que mi manera de hacerlo iba a destruirla.
Podría haber hablado con ella.
Podría haberle explicado mis temores, haberle pedido que eligiera o, al menos, haberle reconocido que la amaba.
En lugar de eso, decidí por los dos.
No fue valentía.
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Fue una mezcla de miedo, orgullo y la arrogancia de creer que sabía qué era lo mejor para la mujer que compartía mi vida.
Tres meses después, ya no podía disfrazarlo con ninguna explicación.
La había herido porque tuve miedo de perderla.
Y terminé perdiéndola precisamente por eso.
Recuerdo perfectamente la sala donde firmamos los documentos del divorcio.