Nunca me pidió que fuera un hombre poderoso.
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Nunca me preguntó cuánto dinero tenía ni cuántas personas estaban dispuestas a obedecerme.
A veces solo quería que me sentara a su lado.
Que dejara de mirar el teléfono.
Que recordara que todavía estábamos casados y que existía una vida fuera de mis negocios.
Yo sabía que tenía razón.
Lo difícil era reconocerlo en voz alta.
Con el tiempo, me acostumbré tanto a su paciencia que empecé a comportarme como si fuera inagotable.
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Y ese fue uno de mis errores.
El mayor, sin embargo, llegó tres meses antes de aquella llamada.
Habíamos pasado nuestra última noche juntos sin discutir.
Eso era lo que más me perseguía.
No hubo un portazo ni una despedida furiosa.
Elena se quedó dormida con la cabeza apoyada sobre mi pecho y una mano descansando justo encima de mi corazón.