Mi hermana empezó a llorar otra vez.
La doctora levantó la mirada.
No comentó nada.
Yo tampoco intenté explicarme.
Había tardado demasiado en reconocerlo.
Amaba a Elena.
La había amado cuando se quedó dormida sobre mi pecho aquella última noche.
La había amado mientras firmábamos el divorcio.
La había amado cada uno de los tres meses en que estuve sin escuchar su voz.
Y ahora, mientras estaba inconsciente detrás de una puerta, la amaba con una intensidad que casi me impedía respirar.
—¿Cuándo fue la última vez que habló personalmente con ella? —preguntó Karen Whitmore.
Me quedé callado.
No quería decirlo.
No porque sintiera vergüenza delante de aquella médica, sino porque la respuesta hacía evidente hasta qué punto había desaparecido de la vida de Elena.
—El día del divorcio.
La doctora asintió lentamente.
—¿No han hablado desde entonces?