Los seis hombres se volvieron hacia mí.
Nadie se atrevió a moverse.
—¿De cuánto tiempo? —pregunté.
—Aproximadamente dieciséis semanas.
Dieciséis semanas.
Empecé a contar mentalmente.
Un mes.
Dos meses.
Tres meses.
La conclusión llegó antes de que pudiera prepararme para ella.
Elena ya estaba embarazada cuando firmamos el divorcio.
Nuestro hijo había estado allí, aunque ninguno de los dos lo supiera con certeza en aquel momento.
Recordé la última noche que pasamos juntos.
Su cuerpo junto al mío.
La manera en que se había acomodado sobre mi pecho.
Mi mano sobre su espalda.
Y el amanecer en que la dejé dormir unos minutos más porque sabía que pronto iba a perderla.
Me llevé una mano a la frente.
—¿El bebé está vivo?
—El latido fetal se mantiene estable por el momento.
Aquellas últimas tres palabras me aterraron.
—¿Por el momento?
—Señor, tanto la paciente como el embarazo necesitan seguimiento médico. Es importante que venga al hospital.