Me encontraba atrapada entre dos deseos.
Ser madre.
Y dejar de ser una esposa que pasaba gran parte de su vida esperando a un hombre ausente.
Durante las primeras semanas del embarazo continué preparando mi futuro.
No sabía cuándo me marcharía.
Solo sabía que debía conservar la posibilidad de hacerlo.
A las trece semanas y dos días, aquella decisión dejó de ser algo que podía seguir aplazando.
La ambulancia que había solicitado formaba parte de una emergencia que nunca había querido vivir de nuevo.
La pérdida de nuestro bebé terminó por cambiar mi perspectiva.
No podía continuar viviendo pendiente de cuándo Marcus tendría tiempo para escucharme.
No podía seguir esperando a que una nueva reunión, un viaje o una celebración terminaran para recibir un mínimo de atención.
El hombre con el que me había casado había elegido su evento incluso después de saber que yo estaba sangrando.