No me preguntó quién tenía la culpa.
No me preguntó por qué me había divorciado.
Simplemente me abrazó.
—¿Te han hecho daño? —susurró.
Negué con la cabeza, aunque las lágrimas comenzaron a caer.
—Estoy bien, papá.
Me acarició el cabello.
—Entonces vámonos.
Pero antes de que pudiéramos levantar las maletas, mi suegra intervino.
—Un momento. Antes de salir, quiero dejar claro que no esperamos volver a verla por aquí.
Mi padre se volvió lentamente.
—¿Y usted quién es para decidir eso?
—Soy la madre del dueño de esta casa.
Mi padre asintió.
—Entiendo.
Abrió el maletín, sacó una carpeta azul y colocó varios documentos sobre la mesa.
—Entonces quizá debería leer esto.
Daniel se acercó inmediatamente.
—¿Qué es eso?
—Un acuerdo firmado hace siete años, el día antes de la boda.
Mi exmarido palideció.
Patricia se acercó para mirar.