Aquella noche, mi padre vino a cenar conmigo.
Habíamos preparado pescado al horno y una ensalada sencilla.
Después de comer, nos sentamos en el balcón.
El cielo estaba oscuro y las luces de los edificios comenzaban a encenderse.
—¿Te acuerdas de aquel día? —me preguntó.
—¿El día de las maletas?
Asintió.
—Sí.
Sonreí.
—Cómo olvidarlo.
Mi padre miró hacia la calle.
—Cuando llegué y vi tus dos maletas, tuve miedo.
Lo miré sorprendida.
—¿Tú?
—Claro. Soy tu padre. No hay edad en la que deje de preocuparme por ti.
—Parecías muy tranquilo.
—Porque necesitabas que alguien estuviera tranquilo.
Me quedé en silencio.
Después le pregunté:
—¿Por qué guardaste aquel acuerdo durante tantos años?
Mi padre tardó unos segundos en responder.
—Porque cuando te casaste, me dijiste que querías construir una vida con Daniel. No quería que vivieras pensando en el dinero, en las propiedades o en lo que podría salir mal. Pero tu abuela me enseñó algo: cuando una persona ama de verdad, no debería tener miedo de dejar las cosas claras.