Compré unas cortinas blancas.
Elegí una mesa de comedor de madera clara.
Coloqué flores en la entrada.
La primera noche que dormí allí, me desperté varias veces porque no estaba acostumbrada al silencio.
Pero era un silencio diferente.
No había pasos enfadados en el pasillo.
No había comentarios sobre lo que cocinaba.
No había nadie que me hiciera sentir culpable por sentarme a descansar.
Podía preparar café a medianoche.
Podía dejar un libro abierto sobre el sofá.
Podía llorar sin que nadie me preguntara por qué estaba haciendo un drama.
Era mi pequeño hogar.
Una tarde, mientras colocaba unas fotografías en una estantería, sonó el timbre.
Abrí la puerta.
Era mi padre.
Traía una caja de herramientas y una bolsa de comida.
—He venido a instalarte la lámpara del dormitorio —dijo.
Me reí.
—Papá, te dije que podía hacerlo sola.