No sabía si su disculpa era sincera o si simplemente se sentía incómoda por las consecuencias de lo ocurrido.
Le respondí:
«No necesito que me pidas perdón para seguir adelante. Pero espero que nunca vuelvas a tratar a otra persona de esa manera».
No volvió a escribir.
Una semana después, mi exsuegra llamó a mi padre.
Esta vez no se burló.
Le pidió que organizara una reunión para que pudiéramos hablar.
Mi padre me preguntó si quería asistir.
—No —respondí.
—¿Estás segura?
—Sí, papá. Ya no necesito que entiendan por qué me hicieron daño para poder vivir tranquila.
Él asintió.
Y no insistió.
Pasaron seis meses.
Conseguí un trabajo en una empresa de administración y alquilé un pequeño apartamento.
No era grande ni lujoso, pero tenía dos habitaciones, una cocina luminosa y un balcón desde el que podía ver los árboles de la calle.