Por todas las ocasiones en las que había pedido perdón sin haber hecho nada malo.
Y por haber confundido el sacrificio con el amor.
Mi padre no me presionó.
Cada mañana me preparaba café y me preguntaba si quería salir a caminar.
A veces hablábamos.
Otras veces permanecíamos sentados en silencio.
Una tarde, mientras ordenaba unos papeles, encontré una fotografía de mi boda.
Daniel y yo aparecíamos sonriendo frente al jardín de su casa.
Mi padre se acercó.
—¿La quieres guardar?
La observé durante unos segundos.
—No lo sé.
—No tienes que decidirlo hoy.
La dejé sobre la mesa.
—Papá, ¿de verdad crees que todo va a salir bien?
Él sonrió tristemente.
—No sé si todo saldrá como esperamos. Pero sí sé que no volverás a estar sola frente a personas que intentan aprovecharse de ti.
Aquellas palabras me dieron más tranquilidad que cualquier promesa.