—Te la dejó para que no se te enfríe —dijo—. Está fuera, ayudando a Jenkins a atarse las zapatillas. Creo que le gusta tener un amigo que ya no mira al suelo.
Salí al aire claro de la tarde. Khloe levantó la vista, sonrió y vino corriendo con las agujetas todavía flojas. Le puse la chaqueta sobre los hombros, no como un escudo, como una prenda que abriga. Ella metió los brazos y dio una vuelta pequeña, ridícula y feliz.
—Mamá —dijo—. Enséñame otra vez la frase. La de la primera lección. Pero díla para mí, no para Tyler.
Me arrodillé frente a ella, en el mismo gesto de aquella oficina, y esta vez no había ningún sobre entre las dos.
—La primera lección de las artes marciales es el autocontrol —dije—. Y la segunda, en esta familia, es volver juntas a casa.