Colgó.
Khloe seguía con la fotografía. En el dorso, con letra de Adrian, estaba la frase que yo había leído en la oficina: la lesión no fue un accidente.
—Mañana se acaba —dijo ella, sin estar segura.
—Mañana se dice en voz alta. Después se acaba.
Guardó la foto en el bolso ella misma, como quien guarda una cosa que ya no es solo de su madre.
A las once, alguien golpeó la puerta. No era Hale. Era Adrian, empapado por una lluvia fina, con una caja de cartón que reconocí antes de abrirla. Dentro estaban mis trofeos, los que yo había creído vendidos con el gimnasio. Tres medallas nacionales y una placa con el apodo.
—No los vendiste —dijo él—. Los aparté cuando cerraste. Hale quería comprarlos para una vitrina de derrotas ajenas. Yo no se los di. Los tuve en un trastero como un ladrón arrepentido. Mañana pueden entrar al expediente como objetos, o pueden volver a tu estantería. Tú decides. Yo ya no quiero guardarlos en la oscuridad.