No respondió enseguida.
Fue esa pausa la que me hizo comprender que algo había cambiado.
—Lo siento mucho —dijo finalmente—. Estamos hablando de aproximadamente siete días.
Durante varios segundos pensé que había escuchado mal.
Siete días.
La expresión resultaba demasiado pequeña para contener lo que acababa de decirme.
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No eran siete meses.
Ni siquiera siete semanas.
Eran siete días.
Una semana.
El tiempo que muchas personas dedicaban a esperar el próximo fin de semana.
El tiempo que yo había desperdiciado tantas veces pensando que nada importante podía ocurrir en tan pocos días.
—¿Siete? —pregunté.
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Mi voz sonó lejana.
El médico asintió lentamente.
—Es una estimación, Amelia.
Lo sabía.
Había pasado años escuchando explicaciones sobre pronósticos, posibilidades y evolución de una enfermedad.
Comprendía que nadie podía señalar el instante exacto de una muerte.