—Lo sé.
Hubo un silencio.
Después Mariana me miró.
—Perdón.
—Yo también.
Eso habría sido un buen final.
Dos exesposos frente al mar.
Aceptando que fallaron.
Regresando cada uno a su vida.
No ocurrió así.
No recuerdo quién besó a quién.
Tal vez los dos.
Solo recuerdo pensar:
Esto es una mala idea.
Y no detenerme.
Volvimos al hotel.
No hicimos promesas.
No hablamos de volver.
No dijimos “te extrañé”.
Aquella noche fue familiar y extraña al mismo tiempo.
Como entrar en una casa donde viviste años y descubrir que alguien movió todos los muebles.
Después dormimos.
Cuando desperté, el sol ya entraba con fuerza.
Mariana estaba junto a la ventana.
Llevaba mi camisa.
Por un segundo sentí una paz tan absurda que casi me reí.
—¿Qué hora es?
—Tarde para alguien con una junta.
Me incorporé.
Entonces vi la sábana.