—Por eso.
Salimos cerca de medianoche.
Ella vivía en Playa.
No quería manejar.
Le ofrecí pedirle un coche.
—Todavía no.
—¿No?
—Caminemos un rato.
Fuimos a la playa.
Nos quitamos los zapatos.
La arena estaba fría.
Durante un largo rato hablamos de por qué nos habíamos destruido.
No para arreglarlo.
Solo porque ya no existía nada que defender.
—Yo estaba muy enojada contigo —dijo.
—Lo sé.
—No.
No sabes cuánto.
—¿Por qué?
Miró el mar.
—Porque sentía que si me moría en la sala, tú tardarías dos días en notarlo.
Eso me golpeó.
—Eso no es justo.
—Ya sé.
Por eso nunca te lo dije así cuando estábamos casados.
Me quedé callado.
Ella continuó:
—Tú estabas trabajando para construirnos una vida.
Yo solo dejé de sentir que estaba dentro.
—Tú también te fuiste.
—Sí.
—No físicamente.