—Así que no me dijo nada.
—Exacto.
—Mariana tiene una obsesión enfermiza con decidir por mí.
Verónica no sonrió.
—Eso se lo puedes decir tú.
Lo hice.
Cuando regresé al hospital.
—¿Me buscaste para advertirme?
Mariana estaba más débil.
—Sí.
—¿Y no dijiste nada?
—No pude.
—¿Por qué?
—Porque cuando te vi entendí que no quería que nuestra última conversación fuera sobre corrupción.
—¿Nuestra última conversación?
—Andrés.
—No digas eso.
—Mírame.
No quise.
—Los médicos ya me dijeron.
No queda demasiado.
Sentí que algo se rompía.
—¿Cuánto?
—No saben.
Semanas.
Quizá meses si respondo a algo.
—Entonces vamos a intentarlo.
—Ya lo intenté.
—Otra clínica.
—No.
—Mariana.
—No quiero pasar lo que queda viajando entre hospitales.
Eso provocó una pelea.
La peor que tuvimos.
Peor que durante el divorcio.
Yo quería tratamiento.
Ella quería control.