Mariana empezó a llorar.
—Quería recordarme cómo se sentía ser yo antes de convertirme en una paciente.
Aquella frase desarmó toda mi furia.
Me senté.
—¿Por qué no me dijiste que estabas enferma?
—Porque te conocía.
—Eso no responde.
—Sí responde.
Te habrías quedado.
—Claro que me habría quedado.
—Exactamente.
—¿Y qué tiene de malo?
—No quería que volvieras por culpa.
—No puedes decidir eso por mí.
—Ya lo sé.
—No.
No lo sabes.
Me quitaste la oportunidad.
Mariana cerró los ojos.
—Lo siento.
Entonces recordé la sábana.
—¿El sangrado aquella mañana?
—Ya había ocurrido antes.
—¿Y aun así…?
No terminé.
Ella entendió.
—Quería una noche normal.
—No fue normal.
—Para mí sí.
Hasta que viste la sangre.
Se quedó dormida después.
Yo salí.
Estaba furioso.
Con ella.
Conmigo.
Con un cáncer que llevaba nueve meses existiendo mientras yo vivía sin saberlo.