Solo dio un paso hacia un lado, como si de verdad creyera que estaba molestando.
Después murmuró:
—Puedo volver más tarde, Andrés.
Esa frase me dolió.
Porque no sonaba a educación.
Sonaba a costumbre.
A alguien que ya había aprendido demasiadas veces a hacerse pequeño para no incomodar a otros.
Miré sus manos.
Eran manos agrietadas, cansadas, con marcas que no se van con jabón.
Manos que levantan paredes, cargan sacos, arreglan cosas rotas.
Manos que muchos necesitan, pero pocos agradecen.
Entonces tomé las dos mejores porciones de empanada que tenía en la bandeja. Las metí en una bolsa de papel y se las puse delante.
—Tú no vuelves más tarde —le dije—. Tú estás en tu turno.
Miguel levantó la vista, incómodo.
—No quiero problemas.
—No los estás causando tú.
La mujer se acercó al mostrador con la barbilla alta.