Detrás de él entró una mujer muy arreglada.
Tendría unos cincuenta y tantos años. Abrigo claro, bolso caro, pelo perfecto, uñas impecables. De esas personas que parecen mirar el mundo como si todo tuviera que estar colocado para ellas.
Al principio no dijo nada.
Solo miró a Miguel.
Primero las botas.
Luego la chaqueta.
Luego las manos.
Miguel se dio cuenta.
Claro que se dio cuenta.
Hay miradas que pesan más que una palabra.
La mujer soltó un suspiro fuerte, de esos que se hacen para que todos los escuchen.
Y luego dijo:
—Sinceramente, en sitios así deberían tener una fila aparte para la gente que viene de obra.
La panadería se quedó en silencio.
Yo tenía unas barras en la mano y sentí que se me apretaba el pecho.
Miguel bajó la cabeza.
No contestó.
No se defendió.
No se enfadó.