El Panadero Que Defendió La Dignidad De Un Albañil Y Cambió Un Barrio

Sentí un golpe en el pecho.

—¿Le ha pasado algo?

—Se cayó en la obra. No fue grave, pero tiene el pie mal. Dice que en unos días vuelve.

Respiré un poco más tranquilo.

—¿Y tú has venido hasta aquí sola?

—Vivo cerca. Mi vecina me acompañó hasta la esquina.

Miré por la ventana y vi a una mujer mayor al otro lado de la calle, esperando con una bolsa de la compra.

Lucía sacó unas monedas del bolsillo.

—Mi papá me dijo que comprara una porción. Solo una. Que no gastara más.

Yo la miré.

Tenía la misma dignidad de su padre.

Esa forma de pedir sin pedir nada.

Preparé una bolsa.

Metí dos porciones.

Luego añadí una barra pequeña de pan.

Lucía abrió mucho los ojos.

—No tengo para todo.

—Lo sé.

—Mi papá se va a enfadar.

—Entonces dile que una porción es para ti, otra para él, y el pan es porque hoy hice de más.

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